jueves, 24 de abril de 2014


(CONTINUACION 4)

(+) Ya estaba abajo, por fin. Tenía los nervios a flor de piel, pero intentó calmarse y mirar hacia el patio… No había nadie. Salió afuera y giró la cabeza sabiendo que allí iba a estar él… Pero no. No estaba. ¡Claro! Habría ido a la otra puerta del dentista.

Esta confusión le puso más nerviosa aún. María se disponía a doblar la esquina, segura de que solo faltaba dar unos pasos más y vería a Raul por primera vez. Giró con cuidado y con inseguridad… y si. Allí estaba. Con el móvil. Alzó la vista y sonrió, la había visto. Llevaba una chaqueta azul, y unos pantalones piratas vaqueros. Estaba realmente guapo. Y lo era. Era precioso. Muchísimo más en persona.

-Hola – dijo ella, aparentando una comodidad que no tenía – Pensaba que ibas a estar en la otra puerta – y se rió tontamente mientras se acercaba a el

 María se inclinó a darle dos besos como saludo. Y él se los devolvió esta vez con una sonrisa forzada. Se notaba que estaba nervioso, mucho más que ella, o al menos mucho más de lo que ella parecía.

 
-Vamos ¿No? – preguntó María al ver que Raul se quedaba allí parado. Quieto como una estatua. Paralizado, extremadamente tímido. El no había abierto aún la boca

Entonces comenzó a andar, con mucha inseguridad. Detrás de ella. María no podía creérselo, estaba allí con el… Estaba nerviosa. No sabía de qué forma reaccionar. Y a la vez tenía unas enormes ganas de conocerle y saber más cosas de él. Pero ¿Cómo? Encima era tan guapo… Y ¡Olía tan bien! De repente le vino su olor, su perfume, olía de maravilla. Algo que le atraía mucho de un chico. Y es que era guapísimo. Tenía que hacer que hablara. Que se soltara. Sacar algún tipo de conversación.

-Bueno… ¿Y de dónde vienes?

-De la cárcel – dijo él para sí… en voz baja. Como si tuviera miedo de articular palabra.

-¿La cárcel? –le sorprendió a María.

No sabía exactamente a qué se refería. Y en ese momento le resultó algo siniestro… Aunque no tardó nada en comprender que en realidad se refería a su casa… Como si hablara de su casa como una cárcel… ¿O era la cárcel de mujeres cerca del barrio  de la Olivereta? Que vergüenza. No sabía que decir ni que iba a contestarle el. Raul le miró entonces, con esos ojos tan preciosos, marrones, ese tipo de ojos en los que podías perderte.

-Si – esbozó una pequeña sonrisa.

Y ahora… ¿Para dónde dirigía la conversación? Era evidente que estaban los dos incómodos, cortados, tenían vergüenza.

María quería romper el hielo ya. Y mientras esperaban a que el semáforo se pusiera en verde se inventó algo de que a lo mejor tenía que llegar a su casa un poco pronto, sobre las ocho, porque tenía una cena con su familia. Era mentira. Pero por si las cosas iban mal o seguía sintiéndose incómoda durante toda la tarde y no sabía cómo salir de la situación utilizaría esa excusa.

No se esperaba aquello que estaba pasándole. Pero de dos personas tímidas que acaban de conocerse hace 5 minutos tampoco podía esperarse mucha más cosa.

-¿A dónde vamos? – quiso saber María. Ya que estaban andando sin rumbo alguno.

-Donde quieras

 

Y le miró. Y le dio la sensación de ver en el eso que no había podido ver nunca en nadie. Como si todo aquello que creía que no existía estuviera justo delante suyo. Se sintió feliz, sintió que aquella conexión que parecía haber entre el y ella, y que por ahora solo llegaba a tímidas miradas y sonrisas sin más, era mágica. Que simplemente surgiría. Que las cosas irían sin más.

 

-Podríamos ir al parque del oeste- sugirió ella.

-Vale

Eso sí, a él no le notaba muy cómodo.

Se relajó, intentó que Raul estuviera cómodo. Y sin saber ni cómo ni por que empezaron a surgir temas, temas tontos, puede ser. Pero temas de conversación al fin y al cabo. Raul le preguntaba que qué había hecho hoy, le preguntaba por sus amigas del colegio, y ella igual. Y mientras paseaban por el parque del oeste, sin ir a ningún sitio en concreto.

-¿Quieres que nos sentemos en este banco? – dijo María señalando uno al final del parque

-Vale. Lo que quieras.

-¿Y entonces tu instituto esta por aquí cerca?

-Si, justo allí – Raul señaló al frente

-¿Y qué tal está?

-Bueno, más o menos. Las clases no son muy buenas.

-¿Qué... a ti qué tal te han ido las notas? – se interesó María.

-Mal… Me cayeron 6.

-Pf… ¿Y eso?

 

A María le sorprendió aquello, no le parecía un chico ni tonto ni poco responsable. Y se dio cuenta además de que Raul, a pesar de que se le veía más relajado que antes, no paraba de juguetear con la funda de su móvil. De forma exagerada. Y de mover la pierna. Sin ninguna duda seguía nervioso. Y sin ninguna duda, ahora que se conocían un poco más a María le iba resultando cada vez más interesante y misterioso. Algo que le hacía sumamente atractivo.

 

-No lo sé. Estudio, pero después el examen no me sale tan bien.

-Ah, bueno. Pues no se…

-En primaria no me pasaba eso. Era diferente.

 

Se pusieron a hablar de la infancia. De la niñez.

-No tuve una buena infancia… Mis padres se separaron y fue difícil para mí…-dijo con ese característico aire misterioso suyo.

-¿Qué te pasó? – se interesó María.

-Discutían siempre… Y yo con tan solo cuatro años tenía que escaparme de casa solo para no oírles. Poco después se separaron, y yo lo pasé mal. Quería verles felices, juntos. Encima mi padre después tuvo un accidente, y ahora tiene pequeñas pérdidas de memoria. No está bien.

 

De repente el ambiente se volvió frío, triste, como si todo aquel mar de recuerdos le perturbara, ella comprendió que estaba hablando de algo que no había llegado a superar.

-Solía ir al parque Roma. Ahí sí que podía ser niño. Jugar, reír como cualquier otro… - añadió después de un rato.

-Vaya, tuvo que ser duro…

 

Decidieron ir al parque Roma. María tenía curiosidad por saber cómo era el barrio en el que él se había criado. De camino, parecía que no había rastro de la anterior conversación. Hablaron entonces de su clase, de lo que querían estudiar, y también incluso de ropa. De vez en cuando se reían por cualquier tontería. ¡Qué sonrisa más preciosa…! No podía ser verdad. Parecía tan perfecto. No lo era del todo, le sobraba aquella timidez. Aunque María sabía que era cuestión de tiempo que desapareciera.  Y por ahora tampoco le importaba tanto, ella le miraba como si hubiera descubierto en el aquello que no esperaba encontrar en nadie. Y así era. Un chico muy maduro para sus 15 años, una persona muy fuerte, misteriosa, un chico con un físico impresionante, que quedaba con ella, simplemente por el interés de conocerla, alguien… Diferente. Interesante.

 

-¿Y ahora con quien estás? ¿Con tu padre o con tu madre? – preguntó María cuando cruzaban la pasarela del parque del oeste camino al Parque Roma.

-Estoy con mi padre… O con mi yaya. Que viene a ser lo mismo.

-¿Por qué?

-Desde que tuvo el accidente mi padre no puede estar solo- dijo esto último como con rabia. Con odio, desprecio. Y a María le dio la sensación de que detrás de eso había algo más. No quería hurgar en la herida, pero se atrevió a preguntar…

-¿Es que te llevas mal con tu padre?

-No, con el no. Es con mi yaya. No la soporto. Es una…. – se contuvo. Como si quisiera guardar las formas. Intentando darle a María una imagen más respetuosa.

-¿Y eso?

-Ella fue la que me fastidió la infancia. Me pegaba. Me rechazaba. Me hacía las cosas difíciles. Y siempre hablaba mal de mi madre delante de mí.

-¿En serio?

María se quedo atónita. Raul si que debía ser fuerte. ¿Cuántas más cosas quedaban? Cada vez estaba más segura de que era una persona admirable.

-Si… Creo que es la persona que más odio del mundo.

-Te entiendo.

Tenía ganas de darle un abrazo. De decirle que a partir de ahora nadie iba a hacerle daño. Que allí estaba ella. Pero algo llamado inseguridad se lo impidió.

-Aunque yo siempre me he llevado bien con mi familia entiendo que lo hayas pasado mal… - comentó María de la forma más dulce posible…

 

El tema quedó aparte. ¿Le estaría gustando a Raul? Vaya chico más reservado. ¿Qué estaría pensando de ella? A María él le gustaba. Eso estaba claro, no obstante, había algo que no acababa de encajar… Aquellos silencios que había de repente ¿Eran simplemente timidez o desinterés de Dani? Pero en cambio cuando le miraba… veía tantas cosas. De esas cosas que no se ven con los ojos, de esas que se sienten. Que no se fuerzan, que existen o no existen.

Esa piel morena, esos ojos oscuros… Esa mirada tan profunda, de las que te desnudan por completo, en las que puedes perderte. Sincera, misteriosa ¿Prohibida? Quizá.

El mundo calló por completo, los coches pararon, la gente se congeló, los pájaros se quedaron quietos. Porque solo estaban ellos, solo estaba su historia, no hacía falta nada más para llenar todo aquel vacío. Las ganas de conocerse inundaban todo los rincones del universo.

 
Se dirigieron a aquel parque, y Raul le indicó la zona donde vivía. Un barrio normal. A menos de 500 metros del suyo. El parque Roma estaba lleno de niños, y de pronto en aquel rostro impenetrable pareció encenderse un recuerdo, una ilusión. Una sonrisa.

 

Comentaron lo que quería hacer, no iban a quedarse allí. María había imaginado algo más grande, con árboles, con bancos. Pero como no fue así, prefirió seguir dando una vuelta.

Raul le llevó por calles en las que nunca había estado. Estaba totalmente perdida. Si no fuera por él…

-Estoy bastante nerviosa por ir al instituto nueva. Me da bastante vergüenza la verdad… -dijo ella

-Es normal…

- Es que ir a un sitio donde no conoces a nadie…

-Me conoces a mi.

-Bueno, es verdad – admitió María, que no había caído en aquel detalle.

-Si quieres puedo presentarte gente.

-Estaría bien.

Siguieron comentando aquello cuando llegaron a la plaza Totana. Siguieron andando sin más. Sin preguntarse por qué.

María se sentía más cómoda ahora. Y parecía que Raul también. En verdad no era tan vergonzoso, solo había que coger un poco de confianza con él. Divagaban, comentaban…

Reían, si. Hoy todo les hacía gracia. Había dos chicas detrás que les resultaban muy pesadas, hablaban demasiado alto…

María se giró a mirar a Raul comentando en silencio lo ridículas que le parecían, con una media sonrisa, él hizo lo mismo. Un gesto de complicidad en el que ella sintió unas enormes ganas de reir. Y no precisamente por las dos chicas de atrás. Si no por aquello que acababa de pasar. Por estar allí. Por ese encuentro. Por ese intercambio de sonrisas.
 

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