(CONTINUACION 4)
(+) Ya estaba abajo, por fin. Tenía los nervios a flor de piel, pero intentó calmarse y mirar hacia el patio… No había nadie. Salió afuera y giró la cabeza sabiendo que allí iba a estar él… Pero no. No estaba. ¡Claro! Habría ido a la otra puerta del dentista.
(+) Ya estaba abajo, por fin. Tenía los nervios a flor de piel, pero intentó calmarse y mirar hacia el patio… No había nadie. Salió afuera y giró la cabeza sabiendo que allí iba a estar él… Pero no. No estaba. ¡Claro! Habría ido a la otra puerta del dentista.
Esta confusión le puso más
nerviosa aún. María se disponía a doblar la esquina, segura de que solo
faltaba dar unos pasos más y vería a Raul por primera vez. Giró con cuidado y
con inseguridad… y si. Allí estaba. Con el móvil. Alzó la vista y sonrió, la había
visto. Llevaba una chaqueta azul, y unos pantalones piratas vaqueros. Estaba
realmente guapo. Y lo era. Era precioso. Muchísimo más en persona.
-Hola – dijo ella, aparentando
una comodidad que no tenía – Pensaba que ibas a estar en la otra puerta – y se
rió tontamente mientras se acercaba a el
María se inclinó a darle dos besos como saludo. Y él se los devolvió esta vez con una sonrisa forzada. Se notaba que estaba nervioso, mucho más que ella, o al menos mucho más de lo que ella parecía.
Entonces comenzó a andar, con
mucha inseguridad. Detrás de ella. María no podía creérselo, estaba allí con
el… Estaba nerviosa. No sabía de qué forma reaccionar. Y a la vez tenía unas
enormes ganas de conocerle y saber más cosas de él. Pero ¿Cómo? Encima era tan
guapo… Y ¡Olía tan bien! De repente le vino su olor, su perfume, olía de
maravilla. Algo que le atraía mucho de un chico. Y es que era guapísimo. Tenía
que hacer que hablara. Que se soltara. Sacar algún tipo de conversación.
-Bueno… ¿Y de dónde vienes?
-De la cárcel – dijo él para
sí… en voz baja. Como si tuviera miedo de articular palabra.
-¿La cárcel? –le sorprendió a
María.
No sabía exactamente a qué se
refería. Y en ese momento le resultó algo siniestro… Aunque no tardó nada en
comprender que en realidad se refería a su casa… Como si hablara de su casa
como una cárcel… ¿O era la cárcel de mujeres cerca del barrio de la Olivereta? Que
vergüenza. No sabía que decir ni que iba a contestarle el. Raul le miró
entonces, con esos ojos tan preciosos, marrones, ese tipo de ojos en los que
podías perderte.
-Si – esbozó una pequeña
sonrisa.
Y ahora… ¿Para dónde dirigía
la conversación? Era evidente que estaban los dos incómodos, cortados, tenían
vergüenza.
María quería romper el hielo
ya. Y mientras esperaban a que el semáforo se pusiera en verde se inventó algo
de que a lo mejor tenía que llegar a su casa un poco pronto, sobre las ocho,
porque tenía una cena con su familia. Era mentira. Pero por si las cosas iban
mal o seguía sintiéndose incómoda durante toda la tarde y no sabía cómo salir
de la situación utilizaría esa excusa.
No se esperaba aquello que
estaba pasándole. Pero de dos personas tímidas que acaban de conocerse hace 5
minutos tampoco podía esperarse mucha más cosa.
-¿A dónde vamos? – quiso saber
María. Ya que estaban andando sin rumbo alguno.
-Donde quieras
Y le miró. Y le dio la sensación
de ver en el eso que no había podido ver nunca en nadie. Como si todo aquello
que creía que no existía estuviera justo delante suyo. Se sintió feliz, sintió
que aquella conexión que parecía haber entre el y ella, y que por ahora solo
llegaba a tímidas miradas y sonrisas sin más, era mágica. Que simplemente
surgiría. Que las cosas irían sin más.
-Podríamos ir al parque del
oeste- sugirió ella.
-Vale
Eso sí, a él no le notaba muy
cómodo.
Se relajó, intentó que Raul
estuviera cómodo. Y sin saber ni cómo ni por que empezaron a surgir temas,
temas tontos, puede ser. Pero temas de conversación al fin y al cabo. Raul le
preguntaba que qué había hecho hoy, le preguntaba por sus amigas del colegio, y
ella igual. Y mientras paseaban por el parque del oeste, sin ir a ningún sitio en concreto.
-¿Quieres que nos sentemos en
este banco? – dijo María señalando uno al final del parque
-Vale. Lo que quieras.
-¿Y entonces tu instituto esta
por aquí cerca?
-Si, justo allí – Raul señaló
al frente
-¿Y qué tal está?
-Bueno, más o menos. Las clases
no son muy buenas.
-¿Qué... a ti qué tal te han
ido las notas? – se interesó María.
-Mal… Me cayeron 6.
-Pf… ¿Y eso?
A María le sorprendió
aquello, no le parecía un chico ni tonto ni poco responsable. Y se dio cuenta
además de que Raul, a pesar de que se le veía más relajado que antes, no paraba
de juguetear con la funda de su móvil. De forma exagerada. Y de mover la
pierna. Sin ninguna duda seguía nervioso. Y sin ninguna duda, ahora que se
conocían un poco más a María le iba resultando cada vez más interesante y
misterioso. Algo que le hacía sumamente atractivo.
-No lo sé. Estudio, pero
después el examen no me sale tan bien.
-Ah, bueno. Pues no se…
-En primaria no me pasaba eso.
Era diferente.
Se pusieron a hablar de la
infancia. De la niñez.
-No tuve una buena infancia…
Mis padres se separaron y fue difícil para mí…-dijo con ese característico aire
misterioso suyo.
-¿Qué te pasó? – se interesó
María.
-Discutían siempre… Y yo con
tan solo cuatro años tenía que escaparme de casa solo para no oírles. Poco
después se separaron, y yo lo pasé mal. Quería verles felices, juntos. Encima
mi padre después tuvo un accidente, y ahora tiene pequeñas pérdidas de memoria.
No está bien.
De repente el ambiente se
volvió frío, triste, como si todo aquel mar de recuerdos le perturbara,
ella comprendió que estaba hablando de algo que no había llegado a superar.
-Solía ir al parque Roma. Ahí
sí que podía ser niño. Jugar, reír como cualquier otro… - añadió después de un
rato.
-Vaya, tuvo que ser duro…
Decidieron ir al parque Roma.
María tenía curiosidad por saber cómo era el barrio en el que él se había
criado. De camino, parecía que no había rastro de la anterior conversación.
Hablaron entonces de su clase, de lo que querían estudiar, y también incluso de
ropa. De vez en cuando se reían por cualquier tontería. ¡Qué sonrisa más
preciosa…! No podía ser verdad. Parecía tan perfecto. No lo era del todo, le
sobraba aquella timidez. Aunque María sabía que era cuestión de tiempo que
desapareciera. Y por ahora tampoco le
importaba tanto, ella le miraba como si hubiera descubierto en el aquello que
no esperaba encontrar en nadie. Y así era. Un chico muy maduro para sus 15
años, una persona muy fuerte, misteriosa, un chico con un físico impresionante,
que quedaba con ella, simplemente por el interés de conocerla, alguien…
Diferente. Interesante.
-¿Y ahora con quien estás? ¿Con tu padre o con tu madre? –
preguntó María cuando cruzaban la pasarela del parque del oeste camino al
Parque Roma.
-Estoy con mi padre… O con mi
yaya. Que viene a ser lo mismo.
-¿Por qué?
-Desde que tuvo el accidente
mi padre no puede estar solo- dijo esto último como con rabia. Con odio,
desprecio. Y a María le dio la sensación de que detrás de eso había algo más.
No quería hurgar en la herida, pero se atrevió a preguntar…
-¿Es que te llevas mal con tu
padre?
-No, con el no. Es con mi
yaya. No la soporto. Es una…. – se contuvo. Como si quisiera guardar las
formas. Intentando darle a María una imagen más respetuosa.
-¿Y eso?
-Ella fue la que me fastidió
la infancia. Me pegaba. Me rechazaba. Me hacía las cosas difíciles. Y siempre
hablaba mal de mi madre delante de mí.
-¿En serio?
María se quedo atónita. Raul
si que debía ser fuerte. ¿Cuántas más cosas quedaban? Cada vez estaba más
segura de que era una persona admirable.
-Si… Creo que es la persona
que más odio del mundo.
-Te entiendo.
Tenía ganas de darle un
abrazo. De decirle que a partir de ahora nadie iba a hacerle daño. Que allí
estaba ella. Pero algo llamado inseguridad se lo impidió.
-Aunque yo siempre me he llevado
bien con mi familia entiendo que lo hayas pasado mal… - comentó María de la
forma más dulce posible…
El tema quedó aparte. ¿Le
estaría gustando a Raul? Vaya chico más reservado. ¿Qué estaría pensando de
ella? A María él le gustaba. Eso estaba claro, no obstante, había algo que no
acababa de encajar… Aquellos silencios que había de repente ¿Eran simplemente
timidez o desinterés de Dani? Pero en cambio cuando le miraba… veía tantas
cosas. De esas cosas que no se ven con los ojos, de esas que se sienten. Que no
se fuerzan, que existen o no existen.
Esa piel morena, esos ojos
oscuros… Esa mirada tan profunda, de las que te desnudan por completo, en las
que puedes perderte. Sincera, misteriosa ¿Prohibida? Quizá.
El mundo calló por completo,
los coches pararon, la gente se congeló, los pájaros se quedaron quietos.
Porque solo estaban ellos, solo estaba su historia, no hacía falta nada más
para llenar todo aquel vacío. Las ganas de conocerse inundaban todo los
rincones del universo.
Se dirigieron a aquel parque,
y Raul le indicó la zona donde vivía. Un barrio normal. A menos de 500 metros
del suyo. El parque Roma estaba lleno de niños, y de pronto en aquel rostro
impenetrable pareció encenderse un recuerdo, una ilusión. Una sonrisa.
Comentaron lo que quería
hacer, no iban a quedarse allí. María había imaginado algo más grande, con
árboles, con bancos. Pero como no fue así, prefirió seguir dando una vuelta.
Raul le llevó por calles en
las que nunca había estado. Estaba totalmente perdida. Si no fuera por él…
-Estoy bastante nerviosa por
ir al instituto nueva. Me da bastante vergüenza la verdad… -dijo ella
-Es normal…
- Es que ir a un sitio donde
no conoces a nadie…
-Me conoces a mi.
-Bueno, es verdad – admitió
María, que no había caído en aquel detalle.
-Si quieres puedo presentarte
gente.
-Estaría bien.
Siguieron comentando aquello
cuando llegaron a la plaza Totana. Siguieron andando sin más. Sin preguntarse
por qué.
María se sentía más cómoda
ahora. Y parecía que Raul también. En verdad no era tan vergonzoso, solo había
que coger un poco de confianza con él. Divagaban, comentaban…
Reían, si. Hoy todo les hacía
gracia. Había dos chicas detrás que les resultaban muy pesadas, hablaban
demasiado alto…
María se giró a mirar a Raul
comentando en silencio lo ridículas que le parecían, con una media sonrisa, él
hizo lo mismo. Un gesto de complicidad en el que ella sintió unas enormes ganas
de reir. Y no precisamente por las dos chicas de atrás. Si no por aquello que
acababa de pasar. Por estar allí. Por ese encuentro. Por ese intercambio de
sonrisas.




